Cadáveres bajo la alfombra

10 Diciembre, 2008

Es viernes por la tarde. Estamos tumbados en mi sofá, yo encima de Marcos. Cuando no tiene que viajar por motivos de trabajo, viene a verme casi a diario. En las últimas semanas, de hombre de las estrellas ha pasado a mago: un chas seco y sonoro y se materializa ante mi puerta tras evaporarse de la reunión de turno.
Me cuesta acostumbrarme a ese latido frenético que marca el ritmo de su vida: almuerzos de negocios en cualquier parte del mundo, correos apresurados escritos en un puente aéreo, una blackberry de última generación con llamadas entrantes cada cinco minutos… Érase un hombre a su portátil pegado. Aborrezco esta sensación de que un ente invisible nos tarifica cada segundo que pasamos juntos, este tener que besarse con prisa y reírse con prisa y contarse las cosas con prisa porque en algún momento mi Romeo intergaláctico tendrá que salir corriendo.
Desde que nos conocemos, éste es el primer fin de semana que Marcos permanecerá en Madrid. Cuando le pregunto qué vamos a hacer esta noche, mañana, el domingo, noto cómo mis palabras ejercen sobre su respiración el efecto de una afilada guillotina. Se semiincorpora. Me incorporo. Después de un rato en silencio, me dice que tiene trabajo, entonces, el filamento de la bombilla de la evidencia se pone incandescente y alumbra el centro de mi sexto sentido aletargado.

―¿Escondes un cadáver debajo de la alfombra, Marcos? Mírame a la cara. ¿Qué ocultas? No estarás casado… ¡Madre mía!, es eso. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas? ¿Me quieres responder? Estoy hablando contigo. ¿No vas a contestarme?
―Sí, bueno, estoy con alguien.
―¿Cómo que estás con alguien? ¿Vives con alguien o sólo quedáis para follar una vez a la semana?
―Llevo cinco años casado. Pensaba contártelo.
―¿Pensabas contármelo? ¿Cuándo? ¿Cuando te presentara a mis padres? ¡Joder, no puedo creérmelo! ¡Es que no puedo creérmelo! Pero ¿por qué me haces esto?
―Ella, yo…
―Y ¿dónde tienes la alianza? ¿Te la guardaste en el bolsillo antes de acercarte a tocarme la espalda la otra tarde? ¿Te la pones antes de entrar a tu casita y te la quitas de camino a este puto apartamento?
―No llevo alianza desde hace tiempo. Adelgacé un montón. Se me caía.
―Por favor, ahora no pares. Déjame k.o. con tus revelaciones. Venga, no te cortes, dime que también eres papá.
―Ella…
―¡Quita! No me toques.
―Sí, soy padre de dos niñas gemelas.
―Dos mejor que una, claro. ¿Cuántos años tienen?
―Ella…
―¿Cuántos años tienen?
―Tres meses.
―Esto debe de ser una jodida pesadilla.
―Yo… Es la primera vez que hago algo así.
―Sí, ya me imagino. Mejor no sigas gastando saliva.
―Déjame explicarte…
―Vete ahora mismo, Marcos. Ya está todo explicado.
―Ella…, yo te quiero.
―Haz el favor de salir de mi casa, Marcos.

Nada más perder de vista a Starman, mi mano izquierda abarca mi nuca: arde, palpita, llora. Sabe que nadie la volverá a obsequiar con ese gesto único que le dedicara El príncipe del cosmos, ese impulso salvador que nunca le regaló un terrícola.

Convexidad salada

17 Noviembre, 2008

Chica bajo el agua con un traje de fiesta

Las lágrimas son convexas
y buscan una piel cóncava
sobre la que derramarse.

El trance del derrumbe

3 Noviembre, 2008

Lo hiciste desde el primer día, desde la primera noche de una cena desastrosa. Daba igual si estábamos en el sofá y yo te tomaba de la mano para llevarte al dormitorio, si tú me cogías en brazos en dirección al mismo destino, si íbamos dejando un reguero de ropa a nuestro paso o si, por el contrario, acudíamos vestidos de ansiedad y vértigo a los pies de la colina de mi cama. Fuera como fuese, siempre terminábamos situados frente a frente, contemplándonos inmóviles: dos montañeros dispuestos a coronar el Everest de los amantes sin cuerdas ni arneses ni clavos. Supongo que a los escaladores, en un momento así, les palpita alguna parte de su ser con una fuerza idéntica a la que a mí me dispara el latido del deseo en las sienes.
Hoy vuelves a hacerlo. Antes de que pueda darme cuenta, me arrojas sobre el colchón con la suavidad con que unos labios frescos regalan a una pluma la vida en un soplido. Y llega el instante clave: tus manos entrelazadas se enredan en mi nuca para sostenerme el mundo. Aferrado a mi cuello, en tu clara voluntad de no abandonarme en el trance del derrumbe, te precipitas conmigo decidido a aplacar el impacto y saltar al vacío de mis ojos, de mi boca, de mi sexo, y yo no aguanto más, y me derramo entre tus dedos como el tiempo de un reloj de arena roto que se esparce, derrotado, sobre la superficie de un gemido.

Chusma imberbe

23 Octubre, 2008

Trío"

De un tiempo a esta parte todo el mundo es más joven que yo: uno, dos, seis, nueve años. El número da lo mismo.
Sois todos tan jóvenes, tan insultantemente jóvenes, que podría afirmar que os odio.
¡Idos, idos de mi lado! No quiero saber nada de vosotros. ¡Maldita chusma imberbe! ¡Púberes de salón!

Esa certeza tozuda e inmortal

12 Octubre, 2008

Aquel primer mensaje de Starman dio paso a una relación epistolar vertiginosa. En esos primeros días, cualquier San Bernardo avezado podría haber descubierto nuestros cuerpos exánimes bajo una avalancha de correos. Conforme iba enviando y recibiendo misivas electrónicas, me percataba de que entre nosotros no existían vastos lugares comunes. Ese detalle, que en otra época habría considerado intolerable, ahora me parecía una trivialidad. Por ejemplo, su mundo giraba en torno al sol de las ciencias y el mío al de las letras, ¿y qué? A lo mejor era el momento de militar en las filas del Oulipo y alegrarse por tener tan cerca a alguien capaz de suministrarle algoritmos matemáticos a mi escritura. ¿Qué importaba que no hubiera visto El apartamento o que no conociese el tema de David Bowie que ahora le daba nombre? En contrapartida, al enlace que le mandé a la escena del monólogo de Roy Batty en Blade Runner, me remitió la secuencia final de 2001: Una odisea en el espacio, lo que me obligó a regresar a míster Bowie, claro. Cuando me confesó que la tarde de la conferencia le había resultado complicadísimo aguantarme todo el tiempo la mirada, le agradecí su revelación con un poema de Ángel González que él correspondió hablándome del oro que tapiza el universo, generado en el propio corazón de las estrellas a través de reacciones nucleares.
El Príncipe del cosmos me había colocado bajo las cataratas del Niágara sin haberme concedido el tiempo necesario para enfundarme en un impermeable, y yo me dejé empapar, gustosa, por sus aguas torrenciales. ¿Cómo actuar de otra manera? Cada nuevo obsequio suyo en la bandeja de entrada me retrotraía al patio del instituto, a risas etílicas lejanas y labios inexpertos, al vértigo inconfundible de las primeras veces, a esa certeza tozuda e inmortal de que todavía es posible, de que jamás dejó de serlo.
Como nuestra correspondencia no contenía grandes revelaciones, el dato más mundano sobre el otro pasaba a convertirse, automáticamente, en un acontecimiento merecedor de un titular en nuestro rotativo interno: Marcos afirma que el puente de Brooklyn siempre le pertenecerá, Ella aborrece el agua con gas y el pescado crudo, Marcos tiene una marca de nacimiento con forma de nube en el omoplato derecho, No existe antídoto posible contra las cosquillas de Ella…
En medio de ese aluvión de mensajes robados a la tranquilidad y el sueño, escritos a cientos de kilómetros de distancia, Marcos me comunicó su deseo irrefrenable de verme en cuanto finalizase el viaje de negocios que lo mantenía alejado de Madrid, a lo que le respondí que no pensaba quedar con un hombre que, en tres días, no había sentido la necesidad de oír mi voz. Al instante, vibró-sonó mi móvil y, tras cuarenta y siete minutos de conversación, colgué con una cena en mi agenda para la noche siguiente.

Nada como la victoria

1 Octubre, 2008

Tras una batalla campal de miradas, guiños, roces, de oídos azotados por ese ulular que, irremediablemente, acarrea la ventisca del anhelo, después de una refriega de salivas pegajosas en pleno tiroteo de besos y caricias, nada como la victoria de una mano ansiosa sobre el pantalón ajeno dispuesta a confirmar otra rendición sin condiciones, ávida por escuchar una nueva súplica a favor del armisticio.

Digna pupila

22 Septiembre, 2008

A pesar de que me moría por hacerlo, decidí no escribir a Starman de inmediato. Una vez en casa, la misma noche de la conferencia, me propuse dejar pasar un tiempo mínimo antes de dar señales de vida: uno, dos, tres días… Una semana sería lo ideal, aunque dudaba que la goma de mi fuerza de voluntad se dejara estirar tanto. Sin darse cuenta, El príncipe del cosmos había cavado su propia tumba aquella noche: al convertirme en el centro de todas sus atenciones, me había hecho sentir única, lo cual me otorgaba un poder absoluto del que no tenía intención alguna de abdicar. Mientras hablábamos, la fiera que habita en mí y que no duerme jamás aguzó bien el oído para escuchar el tam tam africano que atronaba dentro del pecho ajeno. Aquel XY no actuaba como un burdo adulador de milonga. De sus labios no se escapó un solo halago facilón, y eso me agradó sobremanera.
Ahora, para mi sorpresa, de la noche a la mañana me había transformado en una digna pupila de mi mentora de Merteuil. Al fin había reunido la fuerza necesaria para poner en práctica sus sabias enseñanzas. Me sabía preparada para comportarme como un hombre, para regalar a cualquiera de los de su género mi más absoluta indiferencia: sí, Marcos, nos hemos conocido, lo hemos pasado bien charlando, nos hemos hecho reír recíprocamente, pareces majo, eres atractivo, irradias luz, contagias vida, destilas alegría, desprendes seguridad ¿y qué? Tales menudencias no podían bastarle a mi interlocutor para conseguirme, al menos no con la facilidad pasmosa con que otros, antes que él, me atraparon en idénticas circunstancias. Si quería volver a verme el pelo tendría que postrarse a mis pies, bailarme un poco el agua con un zapato de cristal sobre un cojín de raso en una mano ―el mismo que debió robarme antes de marcharse aquella noche― y un ramo de detallazos en la otra. Quería presuponerlo un hombre de recursos, capaz de llegar hasta mí en caso de que optara por evaporarme. De lo contrario, no me interesaba.
Tardé veintidós horas en tener noticias suyas. En un breve mensaje, Starman me contaba que no era una persona paciente y que, ante el temor de que no le escribiese, le había pedido a su hermana mi dirección de correo. Para terminar, me decía que se lo había pasado en grande charlando conmigo, que le había parecido una mujer interesante como pocas, y que quería volver a verme.
Después de unos minutos hiperventilando, me puse a teclear la respuesta que abortaría el feliz desarrollo del juego recién inaugurado.

Esta ciudad y tú

14 Septiembre, 2008

Hoy me he levantado generosa conmigo misma, así que he decidido regalarme una tarde cultural apoteósica: exposición fotográfica, compra de libros y películas y café vienés en La Pecera del Círculo de Bellas Artes. La plaza de Callao es mi destino. Al salir a la calle, me decanto por el autobús. Hace un día estupendo, y no pienso meterme bajo tierra. Después de varias paradas soportando pisotones y codazos, consigo un asiento al final, pegada a la ventanilla. Cuando nos adentramos en Gran Vía, compruebo a través del cristal que mis ojos empiezan a segregar luminosidad. ¿De dónde saldrá tanta gente, tanto ímpetu, tanto fulgor? Soy una mocosa que presencia por primera vez la cabalgata de Reyes. En un acto reflejo, saco del bolso mi Moleskine: “Me gusta Madrid porque sé que, si me dejase, me devoraría en medio segundo”. Cierro la libreta y pienso que los hombres que me maravillan son idénticos a esta ciudad. Lejos de amedrentarme, esta convicción me reconforta.

El liviano efluvio de una aparición III

8 Septiembre, 2008

―Perdona, ¿nos conocemos? Llevo un rato mirándote y…
―Pues, no sé, antes te he visto en el salón de actos y me he preguntado lo mismo. Tu cara me suena. ¿Trabajas para Alejandra?
―No. Soy su hermano.
―¡Vaya!
―¿Y tú?
―No, yo no soy hermana de Alejandra.
―Jaja, muchas gracias por el dato. Me llamo Marcos.
―Encantada, Marcos.
―Encantado…
―Ella.
―¿Eres traductora?
―No, no exactamente.
―Entonces, ¿qué eres exactamente?
―Mercenaria.
―Dime que estás bromeando o me empezaré a poner nervioso.
―Jaja, no bromeo, pero no debes temerme. Soy una mercenaria en el campo de las letras, una francotiradora. Estoy en todos los frentes.
―Y ¿qué haces en el frente Multilingua?
―Para Multilingua actúo como una especie de franquicia muy humilde de la Real Academia de la Lengua.
―¡Ah! ¿Sí? ¿Y eso cómo es?
―En la agencia de tu hermana mi función principal consiste en limpiar y dar esplendor a traducciones poco atinadas.
―Oye, pues suena interesante.
―Bueno, cuando me toca trabajar textos literarios lo es. Ahora, si me las tengo que ver con tratados de medicina o documentos jurídicos, no te imaginas qué diversión. Y tú, ¿a qué te dedicas?
―Soy astrónomo.
―¿Astrónomo? ¡Venga ya! ¿En serio? ¿Te puedo encargar mi carta astral? Jaja, ahora sí estaba bromeando. De pronto te has puesto pálido.
―Es que me he asustado. A ti no te pega confundir la astronomía con la astrología. Me alegro de que haya sido un chiste.
―¿Dónde trabajas?
―Para mi desgracia, en ningún sitio que me permita pasarme el día pegado a un telescopio. Lo de la investigación es un lujo al alcance de unos pocos. Yo dirijo el departamento de ventas de una multinacional de telecomunicaciones.
―Vaya, ¿y qué vende un hombre de las estrellas desde un despacho de teleco?
―Minutos.
―¿Cómo? ¿Desde cuándo se puede vender y comprar tiempo?
―Verás, en realidad lo que hacemos es ofrecer minutos de telefonía al precio más competitivo posible. A diario celebramos subastas en las que pujan empresas de medio mundo. Por suerte, dejé de ejercer de broker hace un par de años. Ahora me dedico a conseguir nuevos clientes, viajar y cerrar tratos. Es un trabajo frenético, pero me gusta. Casi no llego a la conferencia. Venía directo de Barajas. Esta mañana he tenido que acudir a un congreso en Milán.
―Y ¿qué pasa con el cosmos? ¿No lo echas de menos?
―No, porque no lo he abandonado. Lo visito cada noche. Por cierto, ¿sabías que el 2009 será el año internacional de la astronomía?

Pues no, yo qué voy a saber eso. Lo único que sé es que me parece injusto que existas y no formes parte de mi vida, que los minutos vuelen a la velocidad de la luz en el ángulo muerto de esta terraza donde nos hemos instalado, que no pueda darte la mano y pedirte que me lleves ahora mismo a pasear por tu galaxia. Te invitaría a un asteroide de azúcar. Seguro que los vende algún satélite ambulante. Necesito conocer esos rincones del mundo por los que has transitado, todos los que mi retina ansía atrapar porque se encuentran congelados en la tuya. Quiero contemplar contigo el cielo limpio de Chile, ir a patinar a Central Park, practicar submarismo en las aguas rojas de Dahab. ¿Me concederías la licencia de obras pertinente para construirme un nido encima de ese remolino que traza una raya perfecta a la derecha de tu cráneo? Se avecina un crudo invierno, y no me valdrá cualquier sitio para guarecerme del frío helador que cala los corazones.

―¡Oh! Un sms de Alejandra. Disculpa. Dice que me ha buscado y que no me ha visto. Me espera en la puerta. Hoy es su cumpleaños. Tenemos celebración familiar.
―Pues que lo paséis muy bien.
―Ella, me ha encantado conocerte.
―Lo mismo digo.
―Bueno, dame dos besos.
―Hasta luego.
―Hasta luego.

Cuando me dirijo a buscar a Mara con la falta de gravidez propia de un astronauta en plena travesía espacial, escucho cómo alguien me llama:

―¡Ella!, no olvides escribirme.

Ante semejante invocación, detengo mi paso etéreo, me vuelvo y sonrío a Starman mientras acaricio la tarjeta de visita que contiene su mapa del tesoro.

El liviano efluvio de una aparición II

1 Septiembre, 2008

El fragor de los aplausos devuelve mi mente al tajo, me saca del trance hipnótico. De fondo, escucho a la organizadora invitando al personal a salir a la terraza, donde se servirá un cóctel. Mientras me abrocho las sandalias, la masa humana comienza a desperdigarse. Antes de que me levante, alguien se sienta en la silla que hasta hacía unos minutos ocupaba el personaje de la mirada aviesa.

―¡Ella! No sabía que vendrías.

Es Mara, una chica que hace traducciones directas del francés. Trabajamos juntas. No tiene mucha mano con los textos literarios, pero da gusto colaborar con ella: acepta sugerencias sin arrojarte a los pies globos hinchados de agua ególatra.

―¡Eh!, lo mismo digo. Ya pensaba que no coincidiría con ningún conocido.
―Oye, vamos a tomarnos algo, ¿no? Este sitio está cargadísimo.

Cuando salimos del salón, lejos de lo que hubiera hecho en otra época, no miro atrás. No quiero averiguar si el submarinista encorbatado sigue allí. Eso no es asunto mío.
Al llegar a la terraza, Mara me presenta a algunos compañeros de la agencia. Con un par de ellos también he colaborado, pero nunca nos habíamos visto. De pronto me encuentro repartiendo sonrisas y buena educación en medio de una cuadrilla de chicos simpáticos y sosos. Quelle tranquilité! Alejandra se acerca a nosotros para saludarnos y agradecernos que hayamos secundado su convocatoria.
Una vez que la dire se larga, pese a no tener ninguna necesidad fisiológica de la que ocuparme con urgencia, me disculpo con la excusa de ir al lavabo. Quiero estar un rato a solas. Un baño de lujo me permitirá disfrutar de un momento de solaz en una cómoda chaise longue, oliendo a sales marinas y aceites esenciales, con la iluminación adecuada para seguir dispersándome. En semejantes santuarios todo brilla de tal forma que cualquier oscuridad que te acompañe es alumbrada al instante por el resplandor del mármol y el cristal. Paredes, suelo, puertas, hasta los dispensadores de jabón refulgen. Hoy me adentro en un templo amplio y rectangular, casi traslúcido, donde cada trazo fluye como el agua. El conjunto evoca un festival de calas y acantilados. Hasta la grifería plana produce efecto de cascada. Para mi sorpresa, el lugar está desierto, lo que me permite acercarme sin tapujos al espejo gigantesco que tapiza la nave central. Siempre me asomo a los espejos ajenos llena de extrañeza, como si desconfiara del reflejo que van a devolverme. Estás muy seria, Ellita. ¿Qué te sucede, te aburres? La gente es maja, ¿no? Considera la parte positiva del asunto: te has escapado por unas horas del encierro hogareño frente al ordenador, la salida te ha obligado a ponerte mínimamente mona, estás socializándote (que, me vas a perdonar, pero yo de ti no bajaría la guardia en este punto)… No es todo tan horrible. Vale, los pies te duelen. A ver, sonríe un poco. Muy bien. Mucho mejor. Anda, retócate los labios. ¿Sabes? A mí no me la das: no dejas de pensar en ese XY. Entonces, ¿qué haces aquí? Sal ahora mismo a buscarlo. ¿Cómo que para qué? Hazlo, o te arrepentirás.
Dos chicas irrumpen en mi remanso de paz alteradísimas. Al parecer, una de ellas acaba de recibir una llamada de un tío megafantástico con el que se enrolló el fin de semana. ¡Hombres, hombres, hombres! Debemos de tener los pulmones completamente podridos después de media vida respirando un oxígeno viciado de testosterona.
Nada más regresar a la terraza, diviso a Mister Attraction hablando con una fémina a dos pasos de Mara y compañía. Menudo anormaloide. ¿Para qué se planta justo ahí con esa tipa? Acaba de localizarme. Me observa con un descaro que hace que se tambalee mi pretendida inmunidad a su presencia en este espacio compartido. Conforme acorto distancia, compruebo que mi vista neblinosa no me traicionó durante la conferencia: ¿cómo se puede ser tan jodidamente irresistible? Metida en mi papel de glaciar andante, sobrepaso mi objetivo con la seguridad propia del fantasma que no se detiene a plantearse si será capaz de atravesar otro muro de hormigón.
Al unirme de nuevo a mi grupo, unos dedos me tocan la espalda con delicadeza de pianista. Antes de rotar sobre mi conmocionado eje, experimento un mareo, como si ese movimiento y el de traslación que acaba de realizar el dueño de la tierna mano pudieran provocar una sacudida del suelo que nos sostiene. Aún así, logro girarme sin perder el equilibrio mientras reconstruyo mi recién extraviada compostura.